miércoles, 29 de enero de 2014

Envidia, ¿por qué existes?

Qué tonta soy, qué tonta. Aún cuando posees todos los bienes, siempre de ellos piensas que carecéis. Así estoy, enfadada por la envidia, enfadada por tenerla, porque existe y por lo que causa. Enfadada sobretodo por ser desagradecida, por quejarme de no haber hecho lo que quería, por envidiar algo que pude tener. Y sobretodo, enfadada porque sé que aunque tuviera la oportunidad otra vez, seguiría sin aprovecharlo. Ojalá pudiera saber qué sienten los demás, para no sentirme sola en esto, para saber si soy yo el problema. Para entender por qué, después de tanto tiempo, aún te veo y me sigue doliendo.

martes, 28 de enero de 2014

Son solo fechas.

Eres el fantasma de mi soledad. No solo me acompañas cada noche, sino cada minuto. Cuando pienso y callo, cuando hablo y recuerdo. Cuando fracaso, cuando triunfo...
¿Cómo sería todo si estuvieras aquí?
Me despertaría y me haría la olvidadiza para que te molestases, aunque en realidad siempre sabes lo que te oculto. Y después llevaría tu regalo a tu cama, te haría el desayuno y te daría abrazos y besos sin parar. Te tomaría el pelo diciéndote que eres vieja, te cantaría el cumplaños feliz y ese día haría la colada, plancharía y limpiaría para que tú no hicieses nada.
Te seguiría queriendo como todos los días y no tendría este vacío que nunca se va a llenar. Y lo peor es que no quiero que se llene. Quiero sufrir y sentir dolor. Hacerme un ovillo mientras te recuerdo. Porque eso no es ni la mitad de doloroso que olvidarte.
No sé qué es peor. Si ver que puedo vivir sin ti cuando pensaba que no, o darme cuenta de que lo estoy haciendo.
Joder cómo has podido hacerme esto. Cómo es que soy tan mala. Cómo es que no tengo fuerzas para ir a tu tumba desde hace 5 meses.
Por qué si las fechas son solo números, ¿estoy así?.

viernes, 10 de enero de 2014

Esa noche no temía a la oscuridad.

 Notaba su sonrisa incluso aunque no la viera, era como si un hilo invisible pero certero la conectase a mis labios. Tampoco distinguía sus ojos, pero sabía cómo me miraban... Eran un espejo de los míos. Ver a mi ángel sufrir era desgarrador, ilegal, una blasfemia. ¿Cómo podía ser posible que alguien tan increíble pudiera sentirse mal? Debería estar prohibido oscurecer ese brillo de sus ojos, debería estar prohibido apartarlo de mí.
 Pero cada vez que conseguía que sonriese, cada vez se sentía un poco mejor, era mi corazón el delincuente, pues era un delito sentirse tan feliz al contemplar cómo los extremos de su boca se curvaban. Aunque eso no fue nada comparado con sus besos aquella noche. Eran caricias, susurros, imágenes veloces y permanentes que se asentaban en mi piel. Nuestros cuerpos unidos eran como uno solo, nos sobraban la ropa y los huesos, solo quería estar cerca de su corazón, acurrucarme en él y disfrutar de su sonido.
 Sus besos marcaban cada centímetro de mí como dulces tatuajes. Se metían entre los poros de mi piel, me llegaban hasta los pulmones y el corazón, agitaban mi respiración y desordenaban mi mente.
 Sentir que me quería era vivir.
 Y esta manera controlada y dulce de amarnos era la mejor vida que podían haberme dado.