Notaba su sonrisa incluso aunque no la viera, era como si un hilo invisible pero certero la conectase a mis labios. Tampoco distinguía sus ojos, pero sabía cómo me miraban... Eran un espejo de los míos. Ver a mi ángel sufrir era desgarrador, ilegal, una blasfemia. ¿Cómo podía ser posible que alguien tan increíble pudiera sentirse mal? Debería estar prohibido oscurecer ese brillo de sus ojos, debería estar prohibido apartarlo de mí.
Pero cada vez que conseguía que sonriese, cada vez se sentía un poco mejor, era mi corazón el delincuente, pues era un delito sentirse tan feliz al contemplar cómo los extremos de su boca se curvaban. Aunque eso no fue nada comparado con sus besos aquella noche. Eran caricias, susurros, imágenes veloces y permanentes que se asentaban en mi piel. Nuestros cuerpos unidos eran como uno solo, nos sobraban la ropa y los huesos, solo quería estar cerca de su corazón, acurrucarme en él y disfrutar de su sonido.
Sus besos marcaban cada centímetro de mí como dulces tatuajes. Se metían entre los poros de mi piel, me llegaban hasta los pulmones y el corazón, agitaban mi respiración y desordenaban mi mente.
Sentir que me quería era vivir.
Y esta manera controlada y dulce de amarnos era la mejor vida que podían haberme dado.
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